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Nicanor Parra Sandoval, nacido en 1914 cerca de Chillán, en Chile, fue hijo de un profesor de primaria y músico, y de una mujer de origen campesino amante de la música folklórica. Constituían una familia de clase media provinciana, sometida a la precariedad económica y a continuos cambios de residencia. La infancia y adolescencia del poeta están marcadas por los valores de una cultura tradicional y fuertemente integradora, transmitidos por su madre.
En el internado donde acaba la enseñanza media, Parra entra en contacto con futuros escritores con los que formará un grupo generacional. En la Universidad de Santiago estudia Matemáticas y Física, pero sigue vinculado a sus antiguos compañeros del internado, junto a los que publica la “Revista Nueva”
y recibe estímulos de la cultura literaria y artística contemporánea. Su primer libro, “Cancionero sin nombre” (1937), se encuentra en la órbita de influencia del “ Romancero gitano” de Federico García Lorca, sin duda en sintonía con la cultura tradicional de la que provenía Parra.
A partir de 1937, ya licenciado universitario, inicia en su poesía una fase de exploración y ensayo que, tras sus estancias en EEU e Inglaterra, le conducirá hacia una concepción propia de la poesía:
los antipoemas. El contacto con el desconcierto moral, psicológico y social de la vida en las grandes ciudades provocará un profundo cambio en su visión de la poesía, asentado en el lenguaje y la estructura tanto como en el propio contenido del poema. Parra experimenta la condición fragmentaria de la vida y cultura urbanas de una forma dramática y angustiosa, y así lo refleja en sus antipoemas, que son construcciones también fragmentarias, portadoras de una disonancia que evoca los “collages”. En los antipoemas están presentes tres elementos: un personaje antiheroico que se desplaza por el espacio urbano, el humor en forma de ironía o sarcasmo, y un verso cuya sintaxis, entonación y léxico no responden a patrones literarios sino al prosaico “lenguaje hablado de todos los días”.
Este concepto nuevo, de lenta y costosa elaboración, lo plantea Parra por primera vez en su obra “Poemas y antipoemas” (1954). A partir de ese momento y a lo largo de varias décadas, lo desarrolla hábilmente haciéndolo evolucionar al ritmo de su propia dialéctica interna y manteniéndolo abierto al contexto político, social y artístico del siglo XX. Así lo atestigua toda su obra, desde “Versos de salón” (1962) a “Chistes para desorientar a la policía/poesía”
(1998), pasando por “Artefactos” (1972), quizás su obra más conocida.
Desde los años 50, la antipoesía de Parra ha supuesto un estímulo determinante para el desarrollo del género poético dentro y fuera de Chile, mérito que le ha sido reconocido mediante la concesión de numerosos premios.
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